Hay momentos en la vida en los que una pequeña vocecita se
mete en la cabeza y te dice algo claro, simple y llano. “Sigue”.
Así, sin más historias. “Sigue”. Como si eso fuera sencillo,
como si no hubiera nada con lo que lidiar para hacerlo. Preocupantemente, nunca
te dice qué es lo que tienes que seguir. Sólo que lo hagas, y ya te apañarás
con lo que quiera que estés siguiendo.
Supongo que en realidad, lo único que hace es intentar darle
un empujón a ese sentimiento que te está carcomiendo por dentro y que no
quieres ni ver, ni afrontar ni asumir. Quizá porque implica que tengas que ver,
afrontar y asumir demasiadas decisiones y cambios. La verdad, para qué mentir,
se está demasiado bien y seguro bajo las sábanas y edredones, aunque a veces
nos venga la queja de “estoy desperdiciando el
día durmiendo”.
Así que esa vocecilla nos dice que es hora de vivir la vida, y salir de la cama. A que nos piquen las abejas y nos llueva cuando llevamos chanclas. O a lo mejor dice que sigamos rindiéndole honor al día de la marmota, el caso es que implica demasiadas cosas.
Al final una palabra tan básica como “Sigue”, se convierte en un interminable “complicado” del que no se sabe cómo salir. Un bucle que se repite una y otra vez, el mismo patrón. Hasta que tomamos una de las dos vías posibles. Seguimos en la cama, porque se está bien, y ya conocemos todo lo que hay por ver, y nos conformamos con mirar por la ventana y salir al balcón.
Así que esa vocecilla nos dice que es hora de vivir la vida, y salir de la cama. A que nos piquen las abejas y nos llueva cuando llevamos chanclas. O a lo mejor dice que sigamos rindiéndole honor al día de la marmota, el caso es que implica demasiadas cosas.
Al final una palabra tan básica como “Sigue”, se convierte en un interminable “complicado” del que no se sabe cómo salir. Un bucle que se repite una y otra vez, el mismo patrón. Hasta que tomamos una de las dos vías posibles. Seguimos en la cama, porque se está bien, y ya conocemos todo lo que hay por ver, y nos conformamos con mirar por la ventana y salir al balcón.
-Y lo
bien y a gusto que se está en casa no se está en ningún sitio.-
La otra es que nos lanzamos al vacío, con toda la expectación del momento, como si fuéramos el punto de mira de medio planeta, nuestro gran salto mortal. Y a medio camino nos tocan a la puerta todas nuestras inseguridades y miedos, todos los “y si no hicieras esto…” “y si no siguieras, y si no abandonaras...”. Ahí, exactamente ahí, es cuando entra en juego el pánico. Y la ansiedad, y la falta de respiración. Que no es por lo alto del salto, es por el golpe que te esperas.
La otra es que nos lanzamos al vacío, con toda la expectación del momento, como si fuéramos el punto de mira de medio planeta, nuestro gran salto mortal. Y a medio camino nos tocan a la puerta todas nuestras inseguridades y miedos, todos los “y si no hicieras esto…” “y si no siguieras, y si no abandonaras...”. Ahí, exactamente ahí, es cuando entra en juego el pánico. Y la ansiedad, y la falta de respiración. Que no es por lo alto del salto, es por el golpe que te esperas.
A veces da tiempo a volver atrás. Otras, no. Y a verlas
venir. Si hay agua, perfecto.
¿Y si no?
¿Y si no?