jueves, 10 de abril de 2014

Cambiemos las sábanas.

Es la manera más fácil que tengo para conciliar el sueño.

Meterme en la cama y cerrar los ojos, aspirar el olor a limpio y a suavizante barato de marca blanca del  supermercado de la esquina. Pensar que estoy en otro lugar, un hotel en el centro de la ciudad. Exacto, eso es perfecto.
En realidad, estoy en un hotel porque me he tenido que ir de viaje por trabajo, a una feria importante a la que no podía faltar. Eso lo explica todo, explica que el lado opuesto de la cama esté vacío. Que tú no estés y que todo me resulte tan ajeno. Definitivamente esta no es mi cama, no es mi habitación, ni mi casa. Tampoco es mi ciudad. Es normal que tú tampoco estés.

Mucho más sencillo que aceptar que no vas a estar en mi ciudad, ni en mi casa, ni en mi habitación; y mucho menos en mi cama.
Mientras me hago a la idea y por ahora, me basta con fingir que la situación no es real. Mi yo melancólico siempre me juega malas pasadas en los momentos de flaqueza. ¿Y a quién no? Recordemos si quieres.

Recordemos juntos todas y cada una de las caricias. Cómo erizaba el vello de tu piel con la pretensión de un susurro, sólo con la anticipación. El color de mis labios, con los que cubría todo tu cuerpo, aquellos de los que te era imposible desprenderte. Los mismos que luego te mordieron.

Hablemos de miradas, de cómo te quedabas enganchado a mis pestañas durante horas y de cómo podía leer tus más profundos pensamientos. De cómo nos entendíamos sin palabras. Cuando un silencio ejercía más fuerza que cualquier conversación.

Podemos hablar de conversaciones si lo prefieres. Aquellas en las que construíamos castillos en el aire, cuando un futuro juntos era un juego de niños al que era tán fácil llegar, tan natural y obvio...
Cuando aún queríamos pintar las paredes de la habitación de blanco, para que no hubiera una sola mancha que pudiera hacernos dudar.  De cómo queríamos volver a pintarlas con frases que nadie más pudiera entender, con nuestros cuerpos desnudos haciendo el amor en la pared. Y de cómo temblaban todas esas edificaciones, perfectas hasta en el más ínfimo detalle, con cada palabra hiriente que nos tirábamos a la cara, con cada frase que evitábamos decirnos por miedo a su reacción.

Sexo. Si; sexo. En todo su esplendor y con todas sus letras. No el sexo vulgar al que está acostumbrada la sociedad. No, ese se lo dejamos a los encuentros esporádicos. El nuestro era puro climax, un ritual que inventábamos una y otra y otra vez. Cuando el amor era más que amor, y la definición de pasión quedaba ridícula a nuestro lado. Bajo mi cuerpo sólo se hayaba tu el tuyo, yo de ti conocía hasta el último lunar, y tú necesitabas recorrer con tus labios cada poro de mi piel. Sincronizado y alarmantemente placentero desde el primer minuto, desde que aprendimos a leernos con las manos con la luz apagada. Y encendida.

Y entre tus brazos yo me hacía pequeña, y no había batalla que librar. Y estando yo en tus brazos tú te hacías grande. Por ser el único que ahuyentaba mis demonios, el único rincón del mundo en el que podía respirar. Sin agobios, sin prisas, sin nada más que hacer que desnudar mi alma y dejar que le dieras algo de calor.

Y podría seguir durante horas, pero es una rabieta más que suficiente por hoy. Al menos sabemos que siempre tendremos algo de lo que hablar.


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